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domingo, 29 de noviembre de 2015

Pequeño continente


Me gusta cuando la casa huele a torta
y se aclara la tarde como un delantal
de lino con puntillas.
Me dibujo señoras gordas
en los ojos,
cucharitas de té
 y rubor en las mejillas.
Saboreo un orden que no es mío,
que entró como pájaro errado
confundiendo la aurora por ventana,
que  se hace el enjaulado,  
y simula chocar con los límites  de las cosas.
Rincón, paraíso clandestino, 
de todo aquel
que es dueño del azul indefinido;
quedar preso de unas manos,
de un pequeño continente
que te besa la memoria de útero y la frente.
A veces soy esa, que se queda
sin vuelos mortales por las sombras.

viernes, 6 de noviembre de 2015

El mandato

Alguna de las mujeres de mi tribu 
tenía que romper el mandato familiar. 
Es ancestral la dependencia o el sometimiento 
pero alguna tenía que revelarse y caminar sola. 
No atrás del hombre indiferente, 
ni de la mano de las humillaciones o el maltrato. 
Podemos mirarnos juntas hacia adentro 
y ninguna es más feliz que otra, 
solo hay una que es libre 
y libre no siempre es igual a ser feliz. 
Todas, a veces, tenemos los ojos tristes
porque al final somos 
como una especie organismo unicelular 
en lo que respecta a la esencia de ser mujer. 
Muchas seguirán naciendo en la familia, 
quién sabe ya con qué rumbo 
y algunas muriendo de la manera elegida 
porque a pesar de los mandatos, 
cada una, al fin y al cabo, elige y se arriesga 
al amor, al desamor o la soledad; 
así entre todas somos una: 
la mujer de la tribu.

viernes, 4 de septiembre de 2015

Murmullo francés (Cuentos sin historias)

Me roza apenas la tarde, como si le temiera  al misterio de todas las estaciones pasadas que habitan en mis ojos. Sentada en el banco, a un paso de cualquier  frontera, no sé bien si espero el tren para volver u otro arco iris igual al que me regaló la mañana en La Tour de Carol. Es un pueblo que eternamente está vacío y eso me sienta bien. Aunque siempre hay algún  perro suelto por las calles, que me  hace cambiar el rumbo junto a mis  miedos tontos, volver incluso al punto de partida y mirar para qué otro lado puedo  llevar el espanto.
Casi como una alegoría de mi vida, quiero, me enfrento, no puedo y me escapo. No sé si después  me convenzo con excusas alegando razones sin sentido, la cuestión es que retrocedo.
Miro el reloj de la estación. Está detenido. Son pueblos en los que pasa eso con el tiempo. Pero estoy aquí, otra vez,  porque quise oír nuevamente el silencio que ya no me pertenece. Entiendo que no se puede andar con la soledad de la mano, queriéndose robar cada pueblo, cada ciudad que uno deja; un día hay que quedarse en la suela de los zapatos.
Extraño todos los rincones que no son míos, hasta los que no conozco y esas son las cosas que fueron lastimándome los días, flameándome  como una banderita a la que todos agitan, mientras yo creo que es el viento que me besa.
Tengo un hueco en el pecho que no se ve, se pierde entre las montañas y el murmullo francés, ahí guardo todas las confusiones que ya no me caben en la garganta.
Reviso los viajes de estos últimos años y quiero tildar uno sereno pero no lo encuentro. He viajado habitada y escapando. Si tengo que retroceder en el tiempo y recordar la cercanía que me ahogaba, los cortos trayectos que consideraba sin motor y marcarlos como reparadores, no puedo, porque estoy detenida como el reloj del pueblo, suspendida sin saber nada de mi vida ni de lo que fui dejando.
Empieza a hacer frío y no me importa. Yo creí en las puntas de los icebergs, pero nada había debajo de lo que reluce. Nada profundo en lo que parecía ser profundo. Parece que la irrealidad puede durar mucho, hasta que se desmorona, como una torre de naipes y deja ver la línea del horizonte, tan turquesa, tan mediterránea.
La Tour de Carol sigue eternamente vacía, se puede caminar entre castañas caídas o manzanas, murmurar los miedos, descifrar algún arco iris por las mañanas, detenerse como el reloj de la estación, mirarse sin fantasmas, deshabitarse entre sus piedras, quedarse para no tener que volver a buscar un silencio que a uno no le pertenece.

Me miro en la estación, mientras el tren que llega, intuye que me  pierde.

lunes, 3 de agosto de 2015

Barro entre dragones

A veces saco una pregunta y la planto
arriba de la mesa o donde sea
como si fuera a germinar un poco de luz
a la historia de tu historia.
No entiendo nada.
Pienso en lo diferente que hubieran  sido las cosas 
si hubieran sido diferentes
y cuando digo diferentes
quiero decir como lo que le pasa al resto de la gente 
que tiene sueños sencillos como salir a ver si llueve.
Tengo una planta chiquita y la miro y me miro.
Yo era una planta chiquita frente a vos.
Me fui quebrando como barro entre dragones.
No sé si fueron las palabras, las miradas,
las ausencias o el cartón pintando. No sé.
Solo imagino una vida cuidada
entre todas las otras cosas
que pudieran habernos pasado
como a todo el mundo
pero sin el agregado de este signo de pregunta estéril
que te dibuja la cara
en el más inesperado  rincón de la mesa preparada
fijate que no digo de la cama
porque te llevo a lo terrenal
y mi pregunta es al hombre
Y no al momento en que, para mí,
te transformabas en luz,
pura luz artificial.
Los signos de preguntas son como huecos,
me habitan en muchos espacios del cuerpo
y en el alma las balas.