lunes, 5 de marzo de 2018

Los golpes a la masa

Alumna de la dictadura, hija de los muros
y con el precio que tiene irse tarde de “casa”,
de la casa que me construyeron adentro.
Hablo de sistemas, no de padres,
de buscar lo que no aprendí en la escuela,
lo que me ocultaron.
Ellos también,
hijos de las guerras y el exilio, inmigrantes,
desempolvaron el pensamiento crítico en la mesada
entre la harina, golpeando la bronca y la masa.
Poco decían, nada.
Otro país, otro combate, un poco más liviano tal vez,
para el que se calla.
“Vos sí que no pasaste hambre”.
Eran como juglares, de boca en boca,
nos enseñaron a llorar a mares en silencio,
una tierra extraña;
y frente al hambre casi todos cambian,
muchos la voz, la palabra y la patria.
Solo los domingos,
con la salsa a punto y el vino en las jarras,
solo ese momento anárquico en el que nadie manda,
hacemos con nosotros lo que podemos,
para derrumbar la casa.

Claudia Brancati

viernes, 2 de marzo de 2018

LA VIDA DE UN POEMA



Puedo pensar lo que quiero, que un poema es un ser vivo y que puede ser unicelular o pluricelular. Puedo inventar. Es como estar sola, en pijama, despeinada y con un pote de medio kilo de helado de sabayón, pararme frente al espejo y rozar una de las formas de libertad. Puedo ensayar mi vida y la de la poesía.

Esto es una introducción a modo de aviso, de que todo lo que pueda analizar, de aquí en más, es puro verso, puro verso mío.

A veces comparo los versos de un poema con el funcionamiento de las células, entonces leo la obra y busco un verso para aislarlo, para sacarlo de contexto y que tenga vida propia, que cumpla con todas las funciones del poema completo. Si lo encuentro pienso que es un buen poema y si no lo encuentro, también pienso que es un buen poema, porque está el conjunto de todos modos y porque para mí ningún poema es malo, sea de quién sea, todos son sublimes desde su origen.  Puede pasar que algunos me aburran o que mi ansiedad no me permita sentirlos, entonces quizás lo abandone, lo lea hasta la mitad, lo deje para después o para nunca, pero jamás pienso que es un mal poema. A veces el poema vuelve y las cosas son diferentes.

Cuando encuentro en un poema varios versos con vida propia y que, a pesar del conjunto cada verso, es un poema en sí mismo, pienso que es magnífico.

Puede también que en un poema no haya ningún verso para aislar y que pueda vivirlo y no me aburra, entonces pienso que es un poema unicelular y me zambullo en él, recorro cada verso- parte, observando la manera en que se funden para cumplir con su rol de mantener vivo al poema. Trabajan incansablemente, como si no supieran que los poemas no mueren y en ese punto de eternidad está la diferencia con los otros seres vivos y con el poeta mismo. Pero a mi igual me gusta pensar que son como las células y compararlos con ellas.

Leí un poco sobre la biografía del escritor Leopoldo Lugones y con eso me bastó para pensar que no es santo de mi devoción, como político y como persona, creo que no sería su amiga. Pero algo de su obra nos une: un cuento que escribió  logró mi atención y mi emoción, “Yzur”,  y este poema de amor que me pareció más vital que cualquiera. No pude aislar ningún verso porque me fue enroscando la trama y no fue necesario para tenerle cierto afecto.

HISTORIA DE MI MUERTE

Soñé la muerte y era muy sencillo:

una hebra de seda me envolvía,

y a cada beso tuyo,

con una vuelta menos me ceñía.

Y cada beso tuyo era un día;

y el tiempo que mediaba entre dos besos

una noche. La muerte es muy sencilla.



Y poco a poco fue desenvolviéndose

la hebra fatal. Ya no la retenía

sino por solo un cabo entre los dedos…

cuando de pronto te pusiste fría,

y ya no me besaste…

y solté el cabo, y se me fue la vida.



(Leopoldo Lugones, El libro fiel, 1912)



Yo lo pude ver soltando el cabo, su mano, la hebra, su traje y hasta creo que fue por la mañana.

Los poemas caen en el momento preciso para que el poeta o el lector corroboren lo que intuyen sobre ellos. Mientras escribía esto se desplomaron dos poemas, uno de Silvina Ocampo que se titula “Al rencor”. Es de esos textos que suelo abandonar por su estructura, por puro prejuicio, pero aprendí que hay que seguir leyendo porque uno nunca sabe si en los últimos dos versos va a quedarse con la boca abierta. También bajó este poema de Alejandra Pizarnik, pluricelular a mi juicio, que no es mucho tal vez, pero me alcanza para decir que es magnífico.

CAMINOS EN EL ESPEJO

I
Y sobre todo mirar con inocencia. Como si no pasara nada, lo cual es cierto.
II
Pero a ti quiero mirarte hasta que tu rostro se aleje de mi miedo como un pájaro del borde filoso de la noche.
III
Como una niña de tiza rosada en un muro muy viejo súbitamente borrada por la lluvia.
IV
Como cuando se abre una flor y revela el corazón que no tiene.
V
Todos los gestos de mi cuerpo y de mi voz para hacer de mí la ofrenda, el ramo que abandona el viento en el umbral.
VI
Cubre la memoria de tu cara con la máscara de la que serás y asusta a la niña que fuiste.
VII
La noche de los dos se dispersó con la niebla. Es la estación de los alimentos fríos.
VIII
Y la sed, mi memoria es de la sed, yo abajo, en el fondo, en el pozo, yo bebía, recuerdo.

IX
Caer como un animal herido en el lugar que iba a ser de revelaciones.
X
Como quien no quiere la cosa. Ninguna cosa. Boca cosida. Párpados cosidos. Me olvidé. Adentro el viento. Todo cerrado y el viento adentro.
XI
Al negro sol del silencio las palabras se doraban.
XII
Pero el silencio es cierto. Por eso escribo. Estoy sola y escribo. No, no estoy sola. Hay alguien aquí que tiembla.
XIII
Aun si digo sol y luna y estrella me refiero a cosas que me suceden. ¿Y qué deseaba yo?
Deseaba un silencio perfecto.
Por eso hablo.
XIV
La noche tiene la forma de un grito de lobo.
XV
Delicia de perderse en la imagen presentida. Yo me levanté de mi cadáver, yo fui en busca de quien soy. Peregrina de mí, he ido hacia la que duerme en un país al viento.
XVI
Mi caída sin fin a mi caída sin fin en donde nadie me aguardó pues al mirar quién me aguardaba no vi otra cosa que a mí misma.
XVII
Algo caía en el silencio. Mi última palabra fue yo pero me refería al alba luminosa.

XVIII

Flores amarillas constelan un círculo de tierra azul. El agua tiembla llena de viento.
XIX
Deslumbramiento del día, pájaros amarillos en la mañana. Una mano desata tinieblas, una mano arrastra la cabellera de una ahogada que no cesa de pasar por el espejo. Volver a la memoria del cuerpo, he de volver a mis huesos en duelo, he de comprender lo que dice mi voz.

(Alejandra Pizarnik, Extracción de la piedra de la locura, 1968)


Sé que es el poema que necesitaba, independencia de versos y a su vez conciencia del todo. Lo encontré en una antología temática: amor, política, trabajo, exilios, recorridos, etc. Este está junto a otros poemas en el grupo  que el autor llama “Poéticas”. Lo leí cuatro veces y me pregunté por qué está ahí y no en otro lado. Me miré con inocencia y me pregunté frente al espejo si realmente había entendido el tema, como si no pasara nada, lo cual es cierto, ya que me queda medio pote de helado de sabayón y se me dio por peinarme.

Claudia Brancati


martes, 20 de febrero de 2018

Agravados por el vínculo

A veces tengo un poco de insomnio, solo un poco. Me di cuenta que hace mucho que no duermo boca abajo, me siento cómoda en la almohada, no me duele nada de lo que me suele doler, solo un dedo del pie.
No sé como me toqué el culo, creo que de casualidad. Me di cuenta que está firme aún, entonces me imaginé durmiendo en un geriátrico y pensé en mi culo, seguramente más arrugado. Es que los cincuenta y pico son así, no sos muy joven, tampoco sos muy vieja, es como si no fueras nada, con todo lo que se te viene encima: el pasado y el futuro.
Venís de hacerle frente a las generaciones anteriores, quisiste ser distinta, mandaste a la mierda el aguante y te quedaste sola, casada, separada, en pareja o “sola”, en el sentido más literal de la palabra, pariendo en los rincones el amor, el desamor, los hijos, la sociedad, el patriarcado. A veces querías baldear el patio como tu vieja o tener un tipo que te siga llevando al supermercado pero uno elige y luego te lo cobran todos, la familia, la patria y vos, la peor de todas.
Empiezan los hijos con el festival de traumas a insinuarte que les cagaste la vida, porque ellos andan por los veinte o por los treinta, que es cuando se comienza a querer jugar a la familia propia, muy lejos, en espacio y forma, de la que uno tiene.
Entonces vos te acordás del día que les cambiaste el pañal y no sabías bien como ponerlo y la mierda les llegó hasta la nuca, los limpiaste, los lustraste, les pusiste la colonia de bebé, pero los recuerdos de la infancia, en algunas etapas, siempre tienen olor a mierda y este es el momento de empezar a ver el trayecto familiar, mamá y papá, los dos héroes voladores, mágicos, estampados contra la pared del tiempo, como en el mejor dibujito animado.
Tu reacción es la de una madre “normal”, querer reparar todo. Te parece que es indispensable, que es tu obligación. Los reproches y las culpas te llueven a cántaros y llegan años en los que te aguantás todo lo que no le aguantaste al tipo que puso las semillitas, y te hacés cargo del bosque, de barrer inútilmente las hojas del otoño, de los incendios forestales, de los cazadores furtivos.
A veces, hay un gesto familiar amable y pensás que se pueden decorar los platos rotos y otras, que ya es muy tarde. Pero no pasa ni una cosa ni la otra, lo que pasa es la vida, pasan las etapas, casi parecido a lo que les pasó a todas las caritas que cuelgan de tu árbol genealógico. Y vos, tan distinta, un día comprendés que la lucha era casi la misma que la de tu abuela y empezás a volver al centro, a tu semilla y te preguntás: ¿Hasta cuándo voy a seguir jugando a la familia?
Ahí te das cuenta que la soledad dejó de ser un discurso, una queja juvenil, una tontería de un domingo aburrido. Se fueron todos, los hijos, los tupperware, los pediatras, las psicopedagogas, las heladeras llenas, los problemas amorosos. Puede que ya no te lleguen ni los traumas, entonces es momento de abandonar la espera y la necesidad de arreglar lo que está vivido de la única manera que supiste hacerlo. Es momento de pararte frente al espejo, mirarte el culo por las mañanas y salir igual con la frente alta.

Claudia Brancati

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viernes, 9 de febrero de 2018

LLUVIA PEQUEÑA




Que no sea de esas tormentas que inquietan,

que no cierre de golpe la ventana,

que gotee lento como cuando

sangra el buen amor las heridas que a los siete días

pierden las cascaritas entre las sábanas.

Que piense en el punto de vista de unos pájaros

dibujados en la pared,

que le pidan alojamiento a la memoria

y vuelen lento, profundo,

hasta que me duela la cabeza de tanto buscar las llaves.

Sé que finalmente tomaré un rumbo parecido:

dormir con la puerta abierta,

aunque me queme toda de amor o de olvido.

Que me salven las gotas, quizá,

 el alivio de una lluvia pequeña.
Claudia Brancati

jueves, 8 de febrero de 2018

El pueblo y mis ojos" ya está a la venta en Mar del Plata en la librería El gran pez, H. Yrigoyen 1992, casi Moreno. P.V.P 200 pesos.

Pequeño poemario que atraviesa el encuentro con la vida en un pueblo catalán, desde la inmigración, el tiempo, el amor, los recuerdos, el retorno y la independencia

jueves, 1 de febrero de 2018

miércoles, 31 de enero de 2018

Bajar la guardia




Es un corazón poco acostumbrado
a bajar la guardia y a cantarse las verdades,
a veces lo descubro debajo de un paraguas
fabulando un microclima, un rincón chill out.
Como si los años no me hubiesen hecho más astuta,
me dibuja los olvidos, las amnesias,
me inventa personajes.
He pasado la vida acariciando trampas,
necesidades, desconocidos.
Es un corazón dormido, el mío,
cegado por las luces,
hablador hasta el cansancio,
Solo se quedó callado cuando destrocé el silencio,
lo puse entre la espada y la pared en una esquina
para preguntarle cosas.
Es un corazón que no se escucha
pero empieza a mirarme a los ojos,
a dejar circular las preguntas por las venas.
Acorralado por la verdad, 
tartamudea las respuestas,
dejó de ser tramposo, 
de llevar a cuestas el disfraz.
En una palabra, se dio, 
sanamente, por vencido. 

Claudia Brancati.


lunes, 15 de enero de 2018

LA GRASA DE LAS CAPITALES


“A buscar el pan y el vino
ya fui muchas veces
a sembrar ese camino 
que nunca florece,
no transes más.”
(Serú Girán, La grasa de las capitales)
Escribo desde el recuerdo de un lugar, de un territorio, por eso es imprescindible el viaje y no hay imaginación que valga si no me muevo. Cuerpo, paisaje y emoción son tres regiones del alma, inseparables, para mí. Ver las casas que se construyen, los árboles que se miran, que se talan, que se cuidan, las calles, el aire contaminado, las plazas, los bichos y yo.
No tengo imaginación, nunca podría haber escrito Harry Potter, solo tengo una mirada, mi mirada al mundo, mi pensamiento confuso o lúcido.
Voy acumulando trayectos para mis épocas inmóviles y que la vejez me encuentre con un cosmos recorrido, es un sueño al que no pienso renunciar.
Hoy negocio las dos cosas, mi vejez y el viaje, porque cuando no tenga modo o ganas de tomar algún camino, tendré hojas, papeles, recuerdos, dibujaré las rutas como el mapa color de las clases de geografía ,que jamás escuché, a los trece años.
Seguiré teniendo el pelo largo, una blusa de bambula parecida a la compré en la Plaza del Congreso y puede que aprenda a fumar, a derretir la grasa de las capitales, en acordes de mecedora veloz, mirando las montañas que me llevaron lejos, muy lejos de casa.
Claudia Brancati

viernes, 12 de enero de 2018

Los golpes a la masa

Alumna de la dictadura, hija de los muros y con el precio que tiene irse tarde de “casa”, de la casa que me construyeron adentro. Hablo ...