martes, 20 de febrero de 2018

Agravados por el vínculo

A veces tengo un poco de insomnio, solo un poco. Me di cuenta que hace mucho que no duermo boca abajo, me siento cómoda en la almohada, no me duele nada de lo que me suele doler, solo un dedo del pie.
No sé como me toqué el culo, creo que de casualidad. Me di cuenta que está firme aún, entonces me imaginé durmiendo en un geriátrico y pensé en mi culo, seguramente más arrugado. Es que los cincuenta y pico son así, no sos muy joven, tampoco sos muy vieja, es como si no fueras nada, con todo lo que se te viene encima: el pasado y el futuro.
Venís de hacerle frente a las generaciones anteriores, quisiste ser distinta, mandaste a la mierda el aguante y te quedaste sola, casada, separada, en pareja o “sola”, en el sentido más literal de la palabra, pariendo en los rincones el amor, el desamor, los hijos, la sociedad, el patriarcado. A veces querías baldear el patio como tu vieja o tener un tipo que te siga llevando al supermercado pero uno elige y luego te lo cobran todos, la familia, la patria y vos, la peor de todas.
Empiezan los hijos con el festival de traumas a insinuarte que les cagaste la vida, porque ellos andan por los veinte o por los treinta, que es cuando se comienza a querer jugar a la familia propia, muy lejos, en espacio y forma, de la que uno tiene.
Entonces vos te acordás del día que les cambiaste el pañal y no sabías bien como ponerlo y la mierda les llegó hasta la nuca, los limpiaste, los lustraste, les pusiste la colonia de bebé, pero los recuerdos de la infancia, en algunas etapas, siempre tienen olor a mierda y este es el momento de empezar a ver el trayecto familiar, mamá y papá, los dos héroes voladores, mágicos, estampados contra la pared del tiempo, como en el mejor dibujito animado.
Tu reacción es la de una madre “normal”, querer reparar todo. Te parece que es indispensable, que es tu obligación. Los reproches y las culpas te llueven a cántaros y llegan años en los que te aguantás todo lo que no le aguantaste al tipo que puso las semillitas, y te hacés cargo del bosque, de barrer inútilmente las hojas del otoño, de los incendios forestales, de los cazadores furtivos.
A veces, hay un gesto familiar amable y pensás que se pueden decorar los platos rotos y otras, que ya es muy tarde. Pero no pasa ni una cosa ni la otra, lo que pasa es la vida, pasan las etapas, casi parecido a lo que les pasó a todas las caritas que cuelgan de tu árbol genealógico. Y vos, tan distinta, un día comprendés que la lucha era casi la misma que la de tu abuela y empezás a volver al centro, a tu semilla y te preguntás: ¿Hasta cuándo voy a seguir jugando a la familia?
Ahí te das cuenta que la soledad dejó de ser un discurso, una queja juvenil, una tontería de un domingo aburrido. Se fueron todos, los hijos, los tupperware, los pediatras, las psicopedagogas, las heladeras llenas, los problemas amorosos. Puede que ya no te lleguen ni los traumas, entonces es momento de abandonar la espera y la necesidad de arreglar lo que está vivido de la única manera que supiste hacerlo. Es momento de pararte frente al espejo, mirarte el culo por las mañanas y salir igual con la frente alta.

Claudia Brancati

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viernes, 9 de febrero de 2018

LLUVIA PEQUEÑA




Que no sea de esas tormentas que inquietan,

que no cierre de golpe la ventana,

que gotee lento como cuando

sangra el buen amor las heridas que a los siete días

pierden las cascaritas entre las sábanas.

Que piense en el punto de vista de unos pájaros

dibujados en la pared,

que le pidan alojamiento a la memoria

y vuelen lento, profundo,

hasta que me duela la cabeza de tanto buscar las llaves.

Sé que finalmente tomaré un rumbo parecido:

dormir con la puerta abierta,

aunque me queme toda de amor o de olvido.

Que me salven las gotas, quizá,

 el alivio de una lluvia pequeña.
Claudia Brancati

jueves, 8 de febrero de 2018

El pueblo y mis ojos" ya está a la venta en Mar del Plata en la librería El gran pez, H. Yrigoyen 1992, casi Moreno. P.V.P 200 pesos.

Pequeño poemario que atraviesa el encuentro con la vida en un pueblo catalán, desde la inmigración, el tiempo, el amor, los recuerdos, el retorno y la independencia

jueves, 1 de febrero de 2018

miércoles, 31 de enero de 2018

Bajar la guardia




Es un corazón poco acostumbrado
a bajar la guardia y a cantarse las verdades,
a veces lo descubro debajo de un paraguas
fabulando un microclima, un rincón chill out.
Como si los años no me hubiesen hecho más astuta,
me dibuja los olvidos, las amnesias,
me inventa personajes.
He pasado la vida acariciando trampas,
necesidades, desconocidos.
Es un corazón dormido, el mío,
cegado por las luces,
hablador hasta el cansancio,
Solo se quedó callado cuando destrocé el silencio,
lo puse entre la espada y la pared en una esquina
para preguntarle cosas.
Es un corazón que no se escucha
pero empieza a mirarme a los ojos,
a dejar circular las preguntas por las venas.
Acorralado por la verdad, 
tartamudea las respuestas,
dejó de ser tramposo, 
de llevar a cuestas el disfraz.
En una palabra, se dio, 
sanamente, por vencido. 

Claudia Brancati.


lunes, 15 de enero de 2018

LA GRASA DE LAS CAPITALES


“A buscar el pan y el vino
ya fui muchas veces
a sembrar ese camino 
que nunca florece,
no transes más.”
(Serú Girán, La grasa de las capitales)
Escribo desde el recuerdo de un lugar, de un territorio, por eso es imprescindible el viaje y no hay imaginación que valga si no me muevo. Cuerpo, paisaje y emoción son tres regiones del alma, inseparables, para mí. Ver las casas que se construyen, los árboles que se miran, que se talan, que se cuidan, las calles, el aire contaminado, las plazas, los bichos y yo.
No tengo imaginación, nunca podría haber escrito Harry Potter, solo tengo una mirada, mi mirada al mundo, mi pensamiento confuso o lúcido.
Voy acumulando trayectos para mis épocas inmóviles y que la vejez me encuentre con un cosmos recorrido, es un sueño al que no pienso renunciar.
Hoy negocio las dos cosas, mi vejez y el viaje, porque cuando no tenga modo o ganas de tomar algún camino, tendré hojas, papeles, recuerdos, dibujaré las rutas como el mapa color de las clases de geografía ,que jamás escuché, a los trece años.
Seguiré teniendo el pelo largo, una blusa de bambula parecida a la compré en la Plaza del Congreso y puede que aprenda a fumar, a derretir la grasa de las capitales, en acordes de mecedora veloz, mirando las montañas que me llevaron lejos, muy lejos de casa.
Claudia Brancati

viernes, 12 de enero de 2018

lunes, 16 de octubre de 2017

Alta Alella

Son vagabundeos inexcusables.
Cuando comienzan a caminar los ojos,
al abrirse,

llegan hasta la viña,
no les molesta el cristal, 
el reflejo,
la luz, 
el pelo revuelto.
El mar se conforma con el segundo plano,
como esos buenos amantes
siempre dispuestos, 
que no señalan la hora.
Abro la puerta, 
salgo,
mar y viña,
uno a cada lado, 
son ángeles que respiran sobre el hombro,
bajan conmigo, 
me empujan hacia el pueblo.
No me doy vuelta, 
los dejo ahí,
contemplar,
porque lo que sigue,
esos diez minutos de montaña,
no existen en el mapa,
solo en el diálogo 
con el destino.

Claudia Brancati

Agravados por el vínculo

A veces tengo un poco de insomnio, solo un poco. Me di cuenta que hace mucho que no duermo boca abajo, me siento cómoda en la almohada, no m...