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martes, 27 de octubre de 2009

Fronteras

A Elena la conocí cuando vendíamos tarjetas de crédito para un conocido banco aquí en Barcelona, también así conocí a "la" Juany, a María Elena, a Roberto y a algunos más con los que compartimos más horas de café que de trabajo, dado que nos escapábamos del stand todo lo que podíamos.
Todos inmigrantes. Argentinos, uruguayos, colombianos...
Aún después de cambiar de trabajo seguimos conectados, sobre todo con Elena y "la" Juany.
Compartimos todos estos años, cafés, viajes, playa, fiestas, soledades, histerias, kilombos amorosos, idas y vueltas, separaciones, ex maridos, nuevos novios, ilusiones, desilusiones y por sobre todas las cosas el hecho de ser inmigrantes.
Es un sello que uno nunca se saca, y digo "uno" porque la mayoría de las veces se lo pone uno mismo en la frente.
Yo no puedo hablar de discriminación ni de desamparo, al contrario. Cuando me quedé sin trabajo, me sentí protegida en este país y no enseño, entre otras cosas, porque no quise aprender el idioma.
Hoy veo a muchos españoles sin laburo y haciendo cualquier cosa para salir adelante y eso me provoca admiración.
"Mira... me has visto un profesional, siempre de traje y corbata...Te sorprende... Es que me he quedado en el paro hace unos meses y me puse a vender en esta feria los jabones artesanales que hacía mi mujer y aquí estoy igual entre esta gente maravillosa".
Si me hubiera puesto a vender jabones en una feria cuando mi sueldo de maestra en Argentina no llegaba a los cien dólares y los pesos se llamaban patacones, tal vez hoy no sería una inmigrante.
Ser un inmigrante es una mierda, no porque te hagan sentir una mierda o menos, al contrario, uno tiene todas las posibilidades que se quiera dar. Depende absolutamente de uno.
Pero emigrar es una mierda, porque lleva años y lágrimas entender que somos iguales y que somos los mismos que antes de emprender el viaje.
Algo en la cabeza se desacomoda de tal forma que uno se vuelve vulnerable y no hace lo que tendría que hacer para salir adelante en el menor tiempo posible.
Incluso uno no se da cuenta de la dimensión que tiene la compañía de toda la gente que va conociendo en su nuevo lugar.Terminan siendo como de la familia. Y a pesar de eso uno se siente sólo por momentos, como si en su país nunca se hubiera sentido sólo, alguna vez ,con tanta gente alrededor.
El otro día "la" Juany dijo: "Este va a ser un año de pérdidas...mirá Elena, se vuelve a Uruguay, espero que no se te ocurra irte a vos porque yo qué hago". Yo me sonreí porque ella es así muy sentimentalista, pero tiene razón "la" Juany, cuesta tanto dejar a la gente que uno conoció aquí casi como si fueran conocidos de toda la vida.
Terror a seguir perdiendo, tal vez... no sé.
Algunos se vuelven por la crisis, otros por soledad, otros por amor, otros por vejez...
Yo creo que lo peor ya lo hicimos, que la palabra "lugar", para nosotros lo inmigrantes, no existe más, ya no está en nuestro diccionario.
Más vale que aprendamos a convivir con lo que hay detrás de la única frontera que debemos cruzar...nuestra cabeza.

(Para los que los se mueven o no se mueven por amor)