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viernes, 4 de septiembre de 2015

Murmullo francés (Cuentos sin historias)

Me roza apenas la tarde, como si le temiera  al misterio de todas las estaciones pasadas que habitan en mis ojos. Sentada en el banco, a un paso de cualquier  frontera, no sé bien si espero el tren para volver u otro arco iris igual al que me regaló la mañana en La Tour de Carol. Es un pueblo que eternamente está vacío y eso me sienta bien. Aunque siempre hay algún  perro suelto por las calles, que me  hace cambiar el rumbo junto a mis  miedos tontos, volver incluso al punto de partida y mirar para qué otro lado puedo  llevar el espanto.
Casi como una alegoría de mi vida, quiero, me enfrento, no puedo y me escapo. No sé si después  me convenzo con excusas alegando razones sin sentido, la cuestión es que retrocedo.
Miro el reloj de la estación. Está detenido. Son pueblos en los que pasa eso con el tiempo. Pero estoy aquí, otra vez,  porque quise oír nuevamente el silencio que ya no me pertenece. Entiendo que no se puede andar con la soledad de la mano, queriéndose robar cada pueblo, cada ciudad que uno deja; un día hay que quedarse en la suela de los zapatos.
Extraño todos los rincones que no son míos, hasta los que no conozco y esas son las cosas que fueron lastimándome los días, flameándome  como una banderita a la que todos agitan, mientras yo creo que es el viento que me besa.
Tengo un hueco en el pecho que no se ve, se pierde entre las montañas y el murmullo francés, ahí guardo todas las confusiones que ya no me caben en la garganta.
Reviso los viajes de estos últimos años y quiero tildar uno sereno pero no lo encuentro. He viajado habitada y escapando. Si tengo que retroceder en el tiempo y recordar la cercanía que me ahogaba, los cortos trayectos que consideraba sin motor y marcarlos como reparadores, no puedo, porque estoy detenida como el reloj del pueblo, suspendida sin saber nada de mi vida ni de lo que fui dejando.
Empieza a hacer frío y no me importa. Yo creí en las puntas de los icebergs, pero nada había debajo de lo que reluce. Nada profundo en lo que parecía ser profundo. Parece que la irrealidad puede durar mucho, hasta que se desmorona, como una torre de naipes y deja ver la línea del horizonte, tan turquesa, tan mediterránea.
La Tour de Carol sigue eternamente vacía, se puede caminar entre castañas caídas o manzanas, murmurar los miedos, descifrar algún arco iris por las mañanas, detenerse como el reloj de la estación, mirarse sin fantasmas, deshabitarse entre sus piedras, quedarse para no tener que volver a buscar un silencio que a uno no le pertenece.

Me miro en la estación, mientras el tren que llega, intuye que me  pierde.

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