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domingo, 28 de septiembre de 2008

Cuando molesta el sol

Se sentó en un banco con las piernas recogidas y las rodillas cerca del mentón. Estuvo un rato sin hacer demasiados movimientos.
Hoy el paisaje estaba en sus zapatillas negras.
Le gustaban porque eran parecidas a las que usaba cuando tenía veinte años.
Viajó de una punta a la otra del dedo gordo de sus pies varias veces.
Los anteojos de sol grandes le venían al pelo esa mañana por si se le ocurría llorar.
Y se le ocurrió en un momento.
Eran tan grandes esos anteojos que la lágrima no llegaba a deslizarse fuera de ellos.
Aquel llanto no estaba para nada fuera de lugar.
Realmente era una pena no poder seguir mintiéndose así misma.
Sintió que darse cuenta no era buen negocio y que ser grande y andar triste tampoco era una buena unión, ni siquiera por una breve mañana.
Pero darse cuenta es darse cuenta y punto.
Durante todo el día el sol brilló desesperado y descaradamente, sobre todo donde menos era necesario, en su memoria.

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Cuestión de grados

Tengo el grado de soledad
aceptable, trabajado,
invariable...
Sólo quiero sentarme a mirar
como pasa la gente,
únicamente la buena gente.
Tengo el grado de soledad
en el que puedo,
muchas veces,
quedarme a tu lado
pero igual me voy.